Ya serían ventiún años
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34174_422966373484_570298484_4597918_2344729_nLas contracciones comenzaron pasadas las ocho de la noche del lunes 17 de julio.

A pesar del dolor que abarcaba mi cintura y corría por mi espalda, a pesar de la incomodidad y del terrible calambre en la parte baja de mi vientre, no me alarmé ni corrí al centro de salud, pues bien advertida estaba de no hacerlo por parte de otras mujeres con experiencia en aquello de parir hijos. No podía dormir y opté por ponerme a jugar remis con quien era mi esposo en ese tiempo y padre de ese hijo que estaba pronto a nacer. Si iba a ser niño a niña, no lo sabía y por ello la primera ropita que le pondría sería amarilla; un mameluco tejido por mí con tanto amor, tanta ilusión, tanta esperanza...

En fin que la noche se nos fue entre risas, puntajes y contracciones anotadas en una hoja de cuaderno hasta llegar a tres veces tres contracciones en diez minutos. Esa fué la señal para dirigirnos al Centro de Salud de Buenos Aires, a eso de las ocho de la mañana; pero antes y contrariando las recomendaciones médicas desayuné un café con leche y un buñuelo, no fuera a ser que el trabajo de parto se prolongara y me tocara aguantar otras doce horas de hambre.La recepción del centro estaba llena de gente, un hombre con cara de enguayabado, el niño armando berrinche, la joven pareja discutiendo, otros que no recuerdo y nosotros.

Nos sentamos a esperar, todos iban pasando y el tiempo también y a mí nadie me atendía hasta que salió una gigantesca enfermera y nos tomó los datos para volver a esconderse tras la batiente puerta. Las contracciones eran cada vez más fuertes, pero acostumbrada como estoy a no quejarme, seguí soportando estoicamente el dolor. Una señora de mediana edad que estaba sentada frente a mí, me intimidaba con su fija mirada... yo no supe qué le atraía tanto de mí, hasta que casi gritando dijo: -¡Pero por Dios! Atiendan a esta muchachita que ya va a nacer el bebé...

Y así fue como la gigantesca y malencarada enfermera me hizo pasar a la sala de diagnóstico, sola... sin mi marido.
El terror se apoderó de mí, no quería que me durmieran, ni que me pusieran anestesia ni nada que me hiciera perder mi capacidad mental. Quería estar con todos mis sentidos presente en el nacimiento de mi hijo. Empecé a temblar y la enfermera en cuestión se las vió a gatas para encontrarme alguna vena donde clavar la aguja. Clamé por la presencia de mi esposo y no sé qué vieron en mí, el caso es que a pesar de estar prohibido lo dejaron pasar y estar presente en el parto como debiera ser obligación y derecho de todos los padres. No pude con la enfermera grande, tosca y dura; me daba miedo, me sonaba a que se llamaba Nigromanta y así quedó registrada en mi memoria. Por fin cambiaron de enfermera, una dulce mujer, blanca, rubia y de hermosos ojos verdes que me atendió con celeridad mientras llegaba el médico de turno.

El parto natural, transcurrió de manera natural... naturalmente dolorosa. Mi marido ya estaba advertido: lo más importante era mi bebé, si me pasaba algo a mí él debía estar pendiente de nuestro hijo, no despegarle los ojos de encima, no fuera a ser que nos lo cambiaran. Afortunadamente nada malo pasó y fui capaz de presenciar el nacimiento de esa belleza a la que amo tanto.

En principio no supe que era; solo pelo y ojos que me enamoraron. Ojos abiertos desde nacer. La bella enfermera puso su desnudo y empegotado cuerpito sobre mi pecho diciendo: -¡Ve!... que niña más bonita... debiera llamarse Laura Cristina-
Bueno, acertó en la mitad del nombre ya que en caso de que fuera niña yo ya tenía escogido Isabel Cristina, pero si algún día tuviera otra niña, esa sería Laura lo decidí allí, mientras sostenía la mirada de mi bebé que ya a pocos metros de mí era sometida a la limpieza reglamentaria. Los datos reglamentarios también: talla: 48 centímetros, peso: 2.800 gramos, hora: 10:20 a.m. del día martes 18 de julio de 1989.

No paramos un segundo de mirarnos, aún camino al cuarto mientras yo sostenía en mis brazos ese bultico vestido de amarillo que me inspiró el amor más grande jamás sentido. Sus ojos, grandes ojos, preciosos ojos me miraron desde siempre; toda su corta vida espiando cada movimiento, cada gesto mío y yo caí rendida bajo el hechizo de su mirada que un amanecer casi diecinueve años más tarde me miraría por última vez diciéndome un "te amo".

Medellín, Viernes 16 de Julio de 2010
Betty Cárdenas M.

 

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